lunes, 21 de enero de 2013

Presentación del libro “Las TIC y la crisis de la educación” de Jaime Yanes Guzmán


Por el Dr Carlos Marcelo de la Universidad de Sevilla, 
Diciembre 2006



Nuestras sociedades están envueltas en un complicado proceso de transformación. Una transformación no planificada que está afectando a la forma como nos organizamos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, y cómo aprendemos. Una de las características de la sociedad en la que vivimos tiene que ver con que el conocimiento es uno de los principales valores de sus ciudadanos.

El valor de las sociedades actuales está directamente relacionado con el nivel de formación de sus ciudadanos, y de la capacidad de innovación y emprendimiento que estos posean. Pero los conocimientos, en nuestros días, tienen fecha de caducidad y ello nos obliga ahora más que nunca a establecer garantías formales e informales para que los ciudadanos y profesionales actualicen constantemente sus competencias. Hemos entrado en una sociedad que exige de los profesionales una permanente actividad de formación y aprendizaje.

Tanto por las condiciones de trabajo como por las oportunidades de empleo, se percibe la necesidad de contar con una ciudadanía con una formación de base lo suficientemente fundamentada como para que pueda darse una adaptación flexible a los cambios. Y esta formación de base es la que debe proporcionar el sistema educativo obligatorio. Una formación que, frente a la temprana especialización que algunos plantean, debe atender a aspectos de formación general.

Como consecuencia de ello, poco a poco nos vamos dando cuenta de que la división clásica
entre el mundo del estudio y el mundo del trabajo está dejando de tener sentido. La idea de que existe un tiempo para la formación (básica, inicial) en la que adquirimos el bagaje de conocimientos que vamos a necesitar para toda nuestra vida profesional, no se mantiene hoy en día. La formación inicial es una formación básica que nos permite empezar a desenvolvernos en el mercado laboral.

Pero el mercado laboral es todo menos estable. Muchas profesiones u ocupaciones surgirán en los próximos años que aun hoy en día no sospechamos de su existencia. Por otra parte, el incremento exponencial de los conocimientos hace que lo que aprendemos en la formación inicial tenga una fecha de caducidad fijada. Como decía Delors en su informe, es que ya no basta con que cada individuo acumule al comienzo de su vida una reserva de conocimientos a la que podrá recurrir después sin límites. Sobre todo, debe estar en condiciones de aprovechar y utilizar durante toda la vida cada oportunidad que se le presente de actualizar, profundizar y enriquecer ese primer saber y de adaptarse a un mundo en permanente cambio.

La necesidad de aprender a lo largo de toda la vida se ha convertido en un lema cotidiano. En otro tiempo uno se formaba para toda una vida, hoy día nos pasamos la vida formándonos. Y la formación se nos aparece como el dispositivo que empleamos para adaptar la formación de base que hemos adquirido (educación secundaria, universitaria, profesional (reglada, ocupacional o continua, etc.) a nuestras necesidades o las de la empresa en la que trabajemos.
¿En qué afectan estos cambios a los formadores? ¿Cómo debemos repensar el trabajo de las
personas que nos dedicamos a la formación en estas nuevas circunstancias? ¿Cómo deberían formarse los nuevos formadores? ¿Cómo adecuamos los conocimientos y las actitudes de los formadores para dar respuesta y aprovechar las nuevas oportunidades que la sociedad de la información nos ofrece?

A la tarea de enseñar  los formadores se han venido enfrentando tradicionalmente en solitario.
Sólo los alumnos son testigos de la actuación profesional de los formadores. Pocas profesiones se caracterizan por una mayor soledad y aislamiento. A diferencia de otras profesiones u oficios, la formación es una actividad que se desarrolla en solitario. La clase es el santuario de los formadores.

Cuando estamos asistiendo a propuestas que evidentemente plantean la necesidad de que los
formadores colaboren, trabajen conjuntamente, etc., nos encontramos con la pertinaz realidad de profesores que se refugian en la soledad de sus clases. El aislamiento representa una barrera real frente a las posibilidades de formación y de mejora. Los cambios que se están produciendo en la sociedad inciden en la demanda de una redefinición del trabajo del formador  y seguramente de la profesión docente, de su formación y de su desarrollo
profesional. Salomon nos ofrecía su metáfora respecto a que se está modificando el rol del formador desde transmisor de información, el solista de una flauta al frente de una audiencia poco respetuosa, al de un diseñador, un guía turístico, un director de orquesta.  Así,  el papel del formador debería cambiar desde una autoridad que distribuye conocimientos hacia un sujeto que crea y orquesta ambientes de aprendizaje complejos, implicando a los alumnos en actividades apropiadas, de manera que los alumnos puedan construir su propia comprensión de las competencias a adquirir, trabajando con los alumnos como compañeros en el proceso de aprendizaje.

Los cambios en los formadores no pueden hacerse al margen de cómo se comprende el proceso de formación de los propios formadores. ¿cómo se aprende a enseñar/formar? ¿cómo se genera, transforma y transmite el conocimiento en los formadores? Los cambios que observamos se concretan en formas distintas de entender el aprendizaje, la enseñanza, las tareas, así como los medios y la evaluación.

Se está demandando, por tanto un formador entendido como un "trabajador del  conocimiento", diseñador de ambientes de aprendizaje, con capacidad para rentabilizar los diferentes espacios en donde se produce el conocimiento. Y la profesión docente que necesita cambiar su cultura profesional, marcada por el aislamiento y las dificultades para aprender de otros y con otros; en la que está mal visto pedir ayuda o reconocer dificultades. Esta nueva cultura debe estar contaminada de una nueva manera de aprender. Los esfuerzos por hacer realidad una sociedad que aprende se concretan en un formador que aprende a lo largo de toda su vida. El aprendizaje continuo y permanente no es ya una opción a elegir, sino una obligación moral para una profesión comprometida con el conocimiento.

Una característica del aprendizaje a lo largo de la vida que desde mi punto de vista lo hace sumamente interesante, es que se entiende que TODOS podemos aprender, y que el aprendizaje no tiene por qué estar limitado a las instituciones formales y tradicionales de formación. En otras palabras, el aprendizaje que se considera de valor no sólo es el aprendizaje formal, sino que el aprendizaje no formal e informal cobran la importancia que siempre han tenido aunque no hayan sido reconocidos.

En este escenario, el aprendizaje deja de ser un proceso pasivo para ser autodirigido, y
autocontrolado.  Así, el aprendizaje no está dirigido por el formador sino que está básicamente centrado en los alumnos. Es un tipo de aprendizaje que contrasta con el aprendizaje formal.
La formación ha ido abriendo poco a poco a nuevos espacios y ambientes de aprendizaje que han venido a complementar la formación presencial tradicional. Tanto en la Formación Profesional Reglada, como en la Formación Profesional Ocupacional o en la Formación Continua se han venida desarrollando con creciente interés experiencias formativas que han incorporado de forma completa o parcial lo que se ha denominado e-learning.

Este nuevo término ha venido a englobar experiencias demasiado diferentes tanto en concepción como en calidad de desarrollo. No pretendo en este espacio hacer una revisión acerca de las diferentes acepciones del término e-learning. Podríamos estar de acuerdo si entendemos que nos referimos a e-learning como: cualquier acción formativa (intencionada) en la que los conocimientos y competencias se adquieren mediante diferentes tipos de interacciones (alumno-contenidos; alumnos-alumnos; alumno-formador; alumno-interface) que se gestionan a través de recursos y espacios electrónicos accesibles  principalmente a través de Internet.

Una de las aportaciones reales y constatables que e-learning está haciendo a la enseñanza y a la formación consiste en acelerar el debate de la eficacia de los modelos tradicionales de formación. Una sociedad en red que aprende en red no puede seguir manteniendo  instituciones formativas basadas en la mera transmisión de la información o de conocimiento desde el que sabe al que se supone que no sabe.

Estamos avanzando rápidamente hacia modelos de aprendizaje alternativos que desde un punto de vista genérico se denominan como constructivistas en los que el énfasis se sitúa en la orientación y apoyo a los estudiantes en la medida en que estos aprenden a construir su conocimiento y comprensión de la cultura y la comunidad a la que pertenecen.

El concepto de ambientes de aprendizaje constructivistas ha ido ganando terreno
 entre las personas que nos dedicamos al diseño de acciones de formación a través de Internet. De esta manera, pensar y utilizar el concepto de "Ambiente de Aprendizaje" como metáfora supone pensar en un espacio donde ocurre el aprendizaje. Un espacio que puede ser real o virtual, pero en cualquiera de las situaciones debería atender de manera especial a la persona que aprende, la situación o espacio donde actúa, interacciona y aprende el alumno, y la utilización de herramientas y medios que faciliten el aprendizaje. Otra forma de definirlo sería: "un lugar donde los alumnos pueden trabajar juntos y apoyarse unos a otros en la medida en que utilizan una variedad de herramientas y recursos de información en su búsqueda de objetivos de aprendizaje y en la realización de actividades de resolución de problemas".

Entendemos que la finalidad de cualquier ambiente de aprendizaje consiste en implicar a los alumnos en experiencias de aprendizaje significativo. Estas experiencias tienen en común algunas características: En primer lugar, el aprendizaje es activo: los alumnos no son sujetos que esperan para aprender sino que aprenden implicándose en tareas o actividades significativas que les llevan a indagar, formularse preguntas, recopilar información, reflexionar, etc. En segundo lugar, el aprendizaje es constructivo: La actividad es una condición necesaria pero no suficiente para que se produzca el aprendizaje. Para que el alumno aprenda debe ser capaz de relacionar e integrar las nuevas experiencias que está llevando a cabo. Que el alumno construya esquemas conceptuales que le ayuden a entender lo que va aprendiendo. Y para ello se requiere que los ambientes de aprendizaje promuevan ocasiones en las que los alumnos deban de reflexionar y pensar sobre lo que están aprendiendo.

Tercero: el aprendizaje es intencional: Cuando los alumnos se implican en actividades resulta necesario que conozcan cuál es la meta de tal actividad. Los alumnos aprenden mejor cuando conocen el qué y para qué de lo que están haciendo. La actividad por sí misma no conduce a aprendizaje si no hay reflexión e integración de lo que se está aprendiendo. Cuarto: el aprendizaje es cooperativo: La experiencia de aprendizaje informal de las personas nos enseña que generalmente aprendemos algo mediante la observación, la conversación, la práctica, y suele ocurrir que estas actividades no se realizan en solitario sino en colaboración. Los ambientes de aprendizaje constructivistas ponen a los alumnos en situaciones en las cuales deben de compartir con otros, conversar en torno a  un problema o dilema y desarrollar conjuntamente una solución. Por último, las tareas de aprendizaje deben ser auténticas: Uno de los aspectos criticables de la enseñanza tradicional es que simplifica en demasía las ideas y procesos de manera que enseña a los alumnos un conocimiento demasiado alejado de la
realidad. Al alejar el conocimiento de su uso cotidiano los alumnos aprenden conceptos abstractos que en ningún momento aplican en su vida cotidiana. Y no los aplican porque no se les han creado ocasiones para que comprendan que el "conocimiento" sirve para la vida diaria.

Un ambiente de aprendizaje constructivista debería de crear tareas auténticas, es decir, tareas realistas que fueran similares a las que los alumnos deberían de realizar en su trabajo cotidiano.
Si entendemos los procesos de aprendizaje y formación según los parámetros anteriores, hemos de asumir que deben de producirse grandes cambios en la forma como generalmente se vienen desarrollando las acciones de formación profesional, sea ésta reglada, ocupacional o continua.  La mera introducción de dispositivos electrónicos en los procesos de formación no cambia el "paradigma formativo". Venimos observando demasiadas experiencias que bajo la denominación de "e-learning" (aprendizaje electrónico) no van más allá del "e-reading" (lectura de textos electrónicos): vino viejo en odres nuevos. Los cambios que necesita nuestra sociedad y que demanda de los formadores son cambios que afectan a las propias concepciones y principios de lo que se ha venido entendiendo durante años por formación. Cambios más profundos que el mero empleo utilitario de determinados recursos tecnológicos. Cambios que suponen un verdadero compromiso y respeto por el derecho de aprender de nuestros alumnos.

El libro que prologamos, redactado por Jaime Yanes Guzmán, plantea respuestas elaboradas a
algunas de las preguntas anteriores. La educación en el siglo XXI requiere de nuevos modelos, procedimientos y formas de pensar que nos permitan enfrentarnos a los nuevos problemas con nuevos procedimientos. No caigamos en el error de intentar dar respuestas a los nuevos desafíos con soluciones anticuadas.

1 comentarios:

Eleonora dijo...

Hola! Necesito citar el libro de Jaime Yanes Guzmán Las TIC y la crisis de la educación, pero no encuentro el año de "publicación".
¿Alguien podrá ayudarme con esa información?
Gracias,
Eleonora

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