Por el Dr Carlos Marcelo de la Universidad de Sevilla,
Diciembre 2006
Nuestras sociedades están envueltas en un complicado proceso
de transformación. Una transformación no planificada que está afectando a la
forma como nos organizamos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, y cómo
aprendemos. Una de las características de la sociedad en la que vivimos tiene
que ver con que el conocimiento es uno de los principales valores de sus ciudadanos.
El valor de las sociedades actuales está directamente
relacionado con el nivel de formación de sus ciudadanos, y de la capacidad de
innovación y emprendimiento que estos posean. Pero los conocimientos, en
nuestros días, tienen fecha de caducidad y ello nos obliga ahora más que nunca
a establecer garantías formales e informales para que los ciudadanos y
profesionales actualicen constantemente sus competencias. Hemos entrado en una
sociedad que exige de los profesionales una permanente actividad de formación y
aprendizaje.
Tanto por las condiciones de trabajo como por las
oportunidades de empleo, se percibe la necesidad de contar con una ciudadanía
con una formación de base lo suficientemente fundamentada como para que pueda
darse una adaptación flexible a los cambios. Y esta formación de base es la que
debe proporcionar el sistema educativo obligatorio. Una formación que, frente a
la temprana especialización que algunos plantean, debe atender a aspectos de
formación general.
Como consecuencia de ello, poco a poco nos vamos dando
cuenta de que la división clásica
entre el mundo del estudio y el mundo del trabajo está
dejando de tener sentido. La idea de que existe un tiempo para la formación
(básica, inicial) en la que adquirimos el bagaje de conocimientos que vamos a
necesitar para toda nuestra vida profesional, no se mantiene hoy en día. La
formación inicial es una formación básica que nos permite empezar a
desenvolvernos en el mercado laboral.
Pero el mercado laboral es todo menos estable. Muchas profesiones
u ocupaciones surgirán en los próximos años que aun hoy en día no sospechamos
de su existencia. Por otra parte, el incremento exponencial de los
conocimientos hace que lo que aprendemos en la formación inicial tenga una fecha
de caducidad fijada. Como decía Delors en su informe, es que ya no basta con
que cada individuo acumule al comienzo de su vida una reserva de conocimientos
a la que podrá recurrir después sin límites. Sobre todo, debe estar en
condiciones de aprovechar y utilizar durante toda la vida cada oportunidad que
se le presente de actualizar, profundizar y enriquecer ese primer saber y de
adaptarse a un mundo en permanente cambio.
La necesidad de aprender a lo largo de toda la vida se ha
convertido en un lema cotidiano. En otro tiempo uno se formaba para toda una
vida, hoy día nos pasamos la vida formándonos. Y la formación se nos aparece
como el dispositivo que empleamos para adaptar la formación de base que hemos adquirido
(educación secundaria, universitaria, profesional (reglada, ocupacional o
continua, etc.) a nuestras necesidades o las de la empresa en la que
trabajemos.
¿En qué afectan estos cambios a los formadores? ¿Cómo
debemos repensar el trabajo de las
personas que nos dedicamos a la formación en estas nuevas
circunstancias? ¿Cómo deberían formarse los nuevos formadores? ¿Cómo adecuamos
los conocimientos y las actitudes de los formadores para dar respuesta y
aprovechar las nuevas oportunidades que la sociedad de la información nos ofrece?
A la tarea de enseñar
los formadores se han venido enfrentando tradicionalmente en solitario.
Sólo los alumnos son testigos de la actuación profesional de
los formadores. Pocas profesiones se caracterizan por una mayor soledad y
aislamiento. A diferencia de otras profesiones u oficios, la formación es una
actividad que se desarrolla en solitario. La clase es el santuario de los
formadores.
Cuando estamos asistiendo a propuestas que evidentemente
plantean la necesidad de que los
formadores colaboren, trabajen conjuntamente, etc., nos encontramos
con la pertinaz realidad de profesores que se refugian en la soledad de sus
clases. El aislamiento representa una barrera real frente a las posibilidades
de formación y de mejora. Los cambios que se están produciendo en la sociedad
inciden en la demanda de una redefinición del trabajo del formador y seguramente de la profesión docente, de su
formación y de su desarrollo
profesional. Salomon nos ofrecía su metáfora respecto a que
se está modificando el rol del formador desde transmisor de información, el
solista de una flauta al frente de una audiencia poco respetuosa, al de un
diseñador, un guía turístico, un director de orquesta. Así,
el papel del formador debería cambiar desde una autoridad que distribuye
conocimientos hacia un sujeto que crea y orquesta ambientes de aprendizaje
complejos, implicando a los alumnos en actividades apropiadas, de manera que
los alumnos puedan construir su propia comprensión de las competencias a
adquirir, trabajando con los alumnos como compañeros en el proceso de aprendizaje.
Los cambios en los formadores no pueden hacerse al margen de
cómo se comprende el proceso de formación de los propios formadores. ¿cómo se
aprende a enseñar/formar? ¿cómo se genera, transforma y transmite el
conocimiento en los formadores? Los cambios que observamos se concretan en
formas distintas de entender el aprendizaje, la enseñanza, las tareas, así como
los medios y la evaluación.
Se está demandando, por tanto un formador entendido como un
"trabajador del conocimiento",
diseñador de ambientes de aprendizaje, con capacidad para rentabilizar los
diferentes espacios en donde se produce el conocimiento. Y la profesión docente
que necesita cambiar su cultura profesional, marcada por el aislamiento y las
dificultades para aprender de otros y con otros; en la que está mal visto pedir
ayuda o reconocer dificultades. Esta nueva cultura debe estar contaminada de
una nueva manera de aprender. Los esfuerzos por hacer realidad una sociedad que
aprende se concretan en un formador que aprende a lo largo de toda su vida. El
aprendizaje continuo y permanente no es ya una opción a elegir, sino una
obligación moral para una profesión comprometida con el conocimiento.
Una característica del aprendizaje a lo largo de la vida que
desde mi punto de vista lo hace sumamente interesante, es que se entiende que
TODOS podemos aprender, y que el aprendizaje no tiene por qué estar limitado a
las instituciones formales y tradicionales de formación. En otras palabras, el
aprendizaje que se considera de valor no sólo es el aprendizaje formal, sino
que el aprendizaje no formal e informal cobran la importancia que siempre han
tenido aunque no hayan sido reconocidos.
En este escenario, el aprendizaje deja de ser un proceso
pasivo para ser autodirigido, y
autocontrolado. Así,
el aprendizaje no está dirigido por el formador sino que está básicamente
centrado en los alumnos. Es un tipo de aprendizaje que contrasta con el
aprendizaje formal.
La formación ha ido abriendo poco a poco a nuevos espacios y
ambientes de aprendizaje que han venido a complementar la formación presencial
tradicional. Tanto en la Formación Profesional Reglada, como en la Formación
Profesional Ocupacional o en la Formación Continua se han venida desarrollando
con creciente interés experiencias formativas que han incorporado de forma
completa o parcial lo que se ha denominado e-learning.
Este nuevo término ha venido a englobar experiencias
demasiado diferentes tanto en concepción como en calidad de desarrollo. No
pretendo en este espacio hacer una revisión acerca de las diferentes acepciones
del término e-learning. Podríamos estar de acuerdo si entendemos que nos
referimos a e-learning como: cualquier acción formativa (intencionada) en la
que los conocimientos y competencias se adquieren mediante diferentes tipos de
interacciones (alumno-contenidos; alumnos-alumnos; alumno-formador;
alumno-interface) que se gestionan a través de recursos y espacios electrónicos
accesibles principalmente a través de
Internet.
Una de las aportaciones reales y constatables que e-learning
está haciendo a la enseñanza y a la formación consiste en acelerar el debate de
la eficacia de los modelos tradicionales de formación. Una sociedad en red que
aprende en red no puede seguir manteniendo instituciones formativas basadas en la mera
transmisión de la información o de conocimiento desde el que sabe al que se supone
que no sabe.
Estamos avanzando rápidamente hacia modelos de aprendizaje
alternativos que desde un punto de vista genérico se denominan como
constructivistas en los que el énfasis se sitúa en la orientación y apoyo a los
estudiantes en la medida en que estos aprenden a construir su conocimiento y
comprensión de la cultura y la comunidad a la que pertenecen.
El concepto de ambientes de aprendizaje constructivistas ha
ido ganando terreno
entre las personas
que nos dedicamos al diseño de acciones de formación a través de Internet. De
esta manera, pensar y utilizar el concepto de "Ambiente de
Aprendizaje" como metáfora supone pensar en un espacio donde ocurre el
aprendizaje. Un espacio que puede ser real o virtual, pero en cualquiera de las
situaciones debería atender de manera especial a la persona que aprende, la
situación o espacio donde actúa, interacciona y aprende el alumno, y la
utilización de herramientas y medios que faciliten el aprendizaje. Otra forma
de definirlo sería: "un lugar donde los alumnos pueden trabajar juntos y apoyarse
unos a otros en la medida en que utilizan una variedad de herramientas y
recursos de información en su búsqueda de objetivos de aprendizaje y en la
realización de actividades de resolución de problemas".
Entendemos que la finalidad de cualquier ambiente de
aprendizaje consiste en implicar a los alumnos en experiencias de aprendizaje
significativo. Estas experiencias tienen en común algunas características: En
primer lugar, el aprendizaje es activo: los alumnos no son sujetos que esperan
para aprender sino que aprenden implicándose en tareas o actividades
significativas que les llevan a indagar, formularse preguntas, recopilar
información, reflexionar, etc. En segundo lugar, el aprendizaje es constructivo:
La actividad es una condición necesaria pero no suficiente para que se produzca
el aprendizaje. Para que el alumno aprenda debe ser capaz de relacionar e
integrar las nuevas experiencias que está llevando a cabo. Que el alumno
construya esquemas conceptuales que le ayuden a entender lo que va aprendiendo.
Y para ello se requiere que los ambientes de aprendizaje promuevan ocasiones en
las que los alumnos deban de reflexionar y pensar sobre lo que están
aprendiendo.
Tercero: el aprendizaje es intencional: Cuando los alumnos
se implican en actividades resulta necesario que conozcan cuál es la meta de
tal actividad. Los alumnos aprenden mejor cuando conocen el qué y para qué de
lo que están haciendo. La actividad por sí misma no conduce a aprendizaje si no
hay reflexión e integración de lo que se está aprendiendo. Cuarto: el
aprendizaje es cooperativo: La experiencia de aprendizaje informal de las
personas nos enseña que generalmente aprendemos algo mediante la observación,
la conversación, la práctica, y suele ocurrir que estas actividades no se realizan
en solitario sino en colaboración. Los ambientes de aprendizaje
constructivistas ponen a los alumnos en situaciones en las cuales deben de
compartir con otros, conversar en torno a
un problema o dilema y desarrollar conjuntamente una solución. Por
último, las tareas de aprendizaje deben ser auténticas: Uno de los aspectos
criticables de la enseñanza tradicional es que simplifica en demasía las ideas
y procesos de manera que enseña a los alumnos un conocimiento demasiado alejado
de la
realidad. Al alejar el conocimiento de su uso cotidiano los
alumnos aprenden conceptos abstractos que en ningún momento aplican en su vida
cotidiana. Y no los aplican porque no se les han creado ocasiones para que comprendan
que el "conocimiento" sirve para la vida diaria.
Un ambiente de aprendizaje constructivista debería de crear
tareas auténticas, es decir, tareas realistas que fueran similares a las que
los alumnos deberían de realizar en su trabajo cotidiano.
Si entendemos los procesos de aprendizaje y formación según
los parámetros anteriores, hemos de asumir que deben de producirse grandes
cambios en la forma como generalmente se vienen desarrollando las acciones de
formación profesional, sea ésta reglada, ocupacional o continua. La mera introducción de dispositivos
electrónicos en los procesos de formación no cambia el "paradigma
formativo". Venimos observando demasiadas experiencias que bajo la
denominación de "e-learning" (aprendizaje electrónico) no van más allá
del "e-reading" (lectura de textos electrónicos): vino viejo en odres
nuevos. Los cambios que necesita nuestra sociedad y que demanda de los
formadores son cambios que afectan a las propias concepciones y principios de
lo que se ha venido entendiendo durante años por formación. Cambios más
profundos que el mero empleo utilitario de determinados recursos tecnológicos.
Cambios que suponen un verdadero compromiso y respeto por el derecho de
aprender de nuestros alumnos.
El libro que prologamos, redactado por Jaime Yanes Guzmán,
plantea respuestas elaboradas a
algunas de las preguntas anteriores. La educación en el
siglo XXI requiere de nuevos modelos, procedimientos y formas de pensar que nos
permitan enfrentarnos a los nuevos problemas con nuevos procedimientos. No
caigamos en el error de intentar dar respuestas a los nuevos desafíos con
soluciones anticuadas.


09:21
Jaime Yanes Guzman

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