domingo, 26 de agosto de 2012

Los seres vivos como sistemas.

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Engels[1] sostiene en el Anti Düring que la materia no sólo tiene un simple y tosco movimiento mecánico o simple desplazamiento de lugar que encierra la posibilidad de transformarse, bajo determinadas condiciones favorables en calor, electricidad, acción química y vida, sino que ella es capaz de engendrar por sí misma además aquellas condiciones que le permiten transformarse en las diferentes formas de manifestarse que le son propias. La materia surgió a través de una vía natural, mediante las transformaciones operadas por el propio movimiento[2], inherentes por naturaleza a la materia móvil, y que estas condiciones se reproducen por obra de la materia misma a la vuelta de millones de millones de años de un modo más o menos espontáneo, pero con la fuerza de la necesidad. Una de las características de la materia en movimiento, según este autor, es que existe una trabazón entre las distintas formas en que se manifiesta este movimiento de los diferentes cuerpos, condicionándose los unos a los otros.

Engels definió a la vida como “...la modalidad de existencia de los cuerpos albuminoides y esta modalidad de existencia consiste, substancialmente, en el proceso de autorrenovación constante de los elementos químicos[3] integrantes de esos cuerpos”[4] Engels asocia la vida a los cuerpos albuminoides cuyo proceso vital es el intercambio de materias que se desarrolla por asimilación y desasimilación, por formación y desagregación ininterrumpida, simultánea de la materia viva. Engels explica este fenómeno de la vida señalando que el cuerpo albuminoide toma, absorbe y asimila otras materias adecuadas de su medio, mientras que otras partes más viejas del cuerpo al mismo tiempo se descomponen y eliminan. La vida según este autor, es la modalidad de existencia del cuerpo albuminoide y consiste ante todo en ser al mismo tiempo el que es y otro en este intercambio permanente de asimilación y desasimilación. La vida es el intercambio de substancias  por medio de la alimentación y eliminación y es un proceso que se realiza por sí mismo, que es inmanente, innato a su sustratum, la albúmina, y no puede producirse sin él. Esta forma de existencia de la vida esta en permanente movimiento en la dirección del cambio a través del trueque de la cantidad en calidad[5], porque los límites en la naturaleza son relativos, plásticos, porque siendo la materia inagotable ésta muta constantemente. Este proceso se realiza no por obra de las presiones desde fuera de los organismos vivos, sino que por un mecanismo automático, inherente, innato a su portador, como propiedad del ser vivo y sin la cual la vida no podría ser. De esta forma, Engels reconoce el papel autónomo que los propios seres vivos juegan en su afán de mantenerse vivos: son ellos mismos los que aseguran su vida en un proceso[6] interno que les garantiza la producción de elementos para sí mismo - manteniendo su forma de ser o identidad-, en un continuo proceso de autocreación autónoma, asegurando con ello su adaptabilidad a un medio que constantemente los perturba y choquea.

Darwin se encargó de demostrar en sus estudios científicos[7] que todos los seres vivos se encuentran en permanente modificación y transformación, y que tanto el surgimiento de nuevas formas como asimismo la desaparición de las viejas no se debe a actos de creación de seres fantásticos, sino que es el resultado de la evolución natural e histórica. Darwin llega a la conclusión de que es posible encontrar en la naturaleza causas que sin la intención consciente de un creador, han conducido a la larga en los organismos vivos a cambios parecidos a los que se podrían provocar con el manejo intencional de mutaciones artificiales.

Esta deriva ontogénica de los organismos vivos –según Darwin- se efectúa a través de dos propiedades fundamentales: variabilidad y herencia. La herencia es en cierto modo, la expresión concentrada de las condiciones del medio exterior asimiladas por los organismos en el transcurso de una serie de generaciones anteriores. La herencia, es decir lo histórico o filogénesis es el resultado del desarrollo y de las transformaciones producidas en el curso de las generaciones precedentes, en relación con los cambios de las condiciones del medio.

El científico soviético Michurin[8] señalaba al respecto la necesidad de comprender al organismo y sus condiciones de vida en su unidad dialéctica. En efecto, este autor indicaba como ley fundamental del desarrollo de los seres vivos su variabilidad como producto de la adaptabilidad de esos organismos a las perturbaciones con las cuales el entorno golpea a los seres vivos, y la transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos en ese proceso de contacto y de adaptabilidad con ese entorno.

Este autor planteaba la unidad y la interdependencia de lo histórico o filogenia y lo individual u ontogenia como fundamento del desarrollo de la vida. La herencia, entonces se reproducirá en el desarrollo de un organismo vivo de una especie determinada siempre y cuando las condiciones exteriores sean favorables. De lo contrario, el organismo se modificará y la herencia, como propiedad del cuerpo vivo, cambiará en uno u otro sentido. Pero si las condiciones se encuentran presentes, estos cambios se irán fijando en forma recurrente y entrarán en su filogénesis.

Con su obra, Michurin contribuyó en la fundación de una teoría científica de la formación de las especies. Superaba a la propia teoría darwinista que negaba los saltos en la naturaleza y se apoyaba en el  maltusianismo para sostener que el factor decisivo del progreso biológico estaba basado en la lucha por la vida en el seno de una misma especie. Por el contrario, Michurin afirmaba que sin pasaje de un estado cualitativo a otro no hay desarrollo y sólo aumento o disminución cuantitativo. Agregaba que el desarrollo de los organismos vivos es la unidad de lo continuo y lo discontinuo, de lo evolutivo y de formas radicales de transformación. Cambios cuantitativos graduales –señalaba Michurin- desembocan en la formación de especies cualitativamente nuevas con leyes de desarrollo nuevas. La aplicación práctica de esta teoría llevó a las nuevas concepciones en esa época sobre el desarrollo estadial de los seres vivos, donde los organismos en el curso de su vida individual pasan por grados o estadios cualitativamente diferentes, transformando las modificaciones cuantitativas de estos organismos en cambios radicales, cualitativamente nuevos de carácter irreversibles.

El autor antes señalado también denuncia el enfoque mecanicista de entender el desarrollo de los seres vivos como una visión metafísica[9] que enfatizaba primordialmente en el papel de las condiciones exteriores al organismo en su proceso de cambio, reservando a los seres vivos un mero rol pasivo. Por el contrario, Michurin resaltaba el papel que juega el propio organismo vivo en su desarrollo, indicando que éste se produce por las contradicciones existentes por el trueque de materias entre las formas orgánicas y el medio, por el proceso continuo de intercambio de substancias entre el organismo y la naturaleza en un acto único de asimilación y desasimilación, de equilibrio y no-equilibrio, de formación y de desagregación en el interior de cada ser vivo, insinuándose ya con ello la idea que el exterior sólo gatilla cambios pero son las formas orgánicas las que definen el carácter de esos cambios. Aquí también podemos concluir que cuando el entorno golpea a los seres vivos se produce un proceso de adaptación, y este proceso no puede ser sino un fenómeno connatural al o los sujetos que consiste en transformar las alteraciones del entorno en componentes de sí mismo que no alteren su identidad, porque es la condición de que se mantengan como seres vivos de esa especie. Sólo si son asumidas como propias esas alteraciones del medio es posible que se incorporen a su filogenia. No existen ni fuerzas ultramateriales ni vitales, ni causas finales, ni entelequias, ni clarividencias divinas que determinen la estructura armoniosa y la adaptación de los organismos a las condiciones de su existencia. Al igual que la naturaleza toda, los seres vivos no pueden ser concebidos sino que por ellos mismos. Es su propia autonomía autoreproductiva en una larga evolución histórica interactuando con su entorno lo que asegura la vida independiente de los organismos.

Este autor soviético asumía una mirada dialéctica del desarrollo de los seres vivos. Escribía constantemente que cada individuo se iba transformando continuamente en la búsqueda del desarrollo pleno de sus cualidades específicas a través de su permanente relación con su medio hasta agotar sus posibilidades de desarrollo, muriendo por fin por dificultades de adaptabilidad y mantención de su identidad. Señalaba que todo fluye y cambia permanentemente y al igual que todo en la naturaleza, las especies marchan por ese mismo camino. Afirmaba que nada es definitivo, absoluto y sagrado y que existe un proceso ininterrumpido de devenir y perecer, pero en un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, es decir, de lo simple a lo complejo, del incremento constante de la complejidad,

Otro autor soviético, Timiriasev, [10]también consideraba como factores principales de la evolución no la lucha intraespecífica de especies diversas o de la misma familia, sino el medio exterior que modifica al organismo, la herencia que fija esas modificaciones y la selección que adapta los organismos a las condiciones externas. El organismo y su medio eran considerados por él en el plano de su unidad. A este respecto apreciaba significativamente la teoría de Lamarck  sobre “... la idea de la variación de las especies bajo la influencia de sus condiciones de vida”[11]  Reconocía que la variabilidad de los organismos se halla en función de su adaptación a las circunstancias exteriores, planteando la tesis de las autoexigencias del organismo hacia las condiciones del medio exterior, reconociendo también el papel decisivo de éstos como sujetos que especifican los cambios internos a efectuar frente a las anomalías del entorno en los procesos permanentes de adaptabilidad de los seres vivos a las mutaciones del medio con conservación de su identidad.

Prigogine[12] afirma que la realidad, la vida cotidiana, el medio en que vivimos y estamos no es matemático. No es ni siquiera matematizable. Es el dominio de lo mutable, de lo impreciso, del “más o menos”, del “aproximadamente”.No existe el mundo finalizado. En todas partes hay un margen de imprecisión, de “juego”. Este autor señala que los cuerpos son estructuras disipativas coherentes alejadas del equilibrio. En distintos campos físico-químicos se manifiesta la autoorganización espontánea jugando en ellos un papel fundamental la irreversibilidad en estos procesos.

En estas condiciones de no equilibrio, la materia según Prigogine tiene capacidades espontáneas de percibir sus diferencias con el mundo que la rodea, y además de reaccionar a las fluctuaciones de ese entorno. De esta manera reconoce que la naturaleza es un proceso abierto de producción y de invención, superando con ello la concepción estática de la naturaleza entendida como un mundo finalizado, y asumiendo la idea de un universo donde la organización de los seres vivos y la misma historia del hombre “no son accidentes extraños al devenir cósmico”. Prigogine sostiene que el universo tiene una evolución continua y que él se va construyendo en una “dialéctica entre la gravitación y la termodinámica” como un fenómeno irreversible con capacidad constructora de nuevas estructuras permanentemente. Esta irreversibilidad del tiempo conduce la vida y al hombre haciendo que éstos provengan del tiempo en una evolución irreversible.

Con la vida, dice Prigogine, nace un tiempo interno biológico al surgir la inscripción del código genético, que continúa a lo largo de miles de millones de años, tiempo autónomo que se trasmite pero que también se modifica y se hace más complejo. Y se va haciendo cada vez más complejo al ser sometido a condicionamientos externos, y como la materia es “sensible”, empieza a ver más allá de sí misma con una química abierta al mundo exterior que permite que estas perturbaciones del medio recorran todo el sistema a través de señales. Pero la materia y la vida en particular junto con estas propiedades de sensibilidad a los condicionamientos externos poseen también movimientos coherentes que transforman el no-equilibrio en nuevas posibilidades de cambio, en multiplicidad de soluciones, marchando –agrega Prigogine- hacia un futuro con muchas alternativas, en definitiva, de transformarse siempre en materia o vida que no se degrada, sino que por el contrario aumenta su complejidad. Pero estas mutaciones son definidas por “elecciones” de la propia materia o vida entendida como sistema, marcando al mismo tiempo la historicidad de esas “elecciones”.

Los biólogos chilenos Maturana y Varela[13] entienden a los seres vivos como seres discretos, es decir, autónomos, que viven como unidades independientes. Eso conlleva a aceptar que los seres vivos surgen como tales como simple resultado de su propio operar y que todo lo que pasa en ellos –tanto en su dinámica relacional como interna-, se refiere sólo a ellos mismos, como una continua realización de sí mismos, como sistemas autoreferidos.

Lo que define a los seres vivos es la circularidad productiva de todos sus componentes y todo lo que ocurre en ellos es la realización y la conservación de esa dinámica productiva, que constituye además su autonomía. Varela[14] agrega en la introducción del libro indicado que “un ser vivo ocurre en la dinámica de realización de una red de transformaciones y de producciones moleculares, tal que todas las moléculas producidas y transformadas en el operar de esa red forman parte de la red de modo que con sus interacciones” generan la red de producciones y de transformaciones que las produjo; dan origen a los bordes (límites) y a la extensión de la red, quedando dinámicamente cerrada sobre sí misma, formando con ello un sistema molecular discreto (autónomo) separado del medio que lo contiene, y;  permiten que flujos de moléculas producto de las perturbaciones del entorno al incorporarse a la dinámica de su red se transformen en partes o componentes de ellas. Lo anterior induce a ambos autores a afirmar que el ser vivo es una dinámica molecular, no un conjunto de moléculas; que el vivir es la realización de esa dinámica que se conserva en un continuo flujo molecular, y; que esta dinámica es lo que constituye al ser vivo como ente autónomo.

Según esta escuela de Santiago[15], las especificidades de la autopoiésis están relacionadas fundamentalmente en la autonomía de los sistemas y que lo vivo de un sistema se describe a través de la organización del sistema como configuración. Al mismo tiempo, la organización de lo vivo es el mecanismo que constituye su identidad y ella es circular: una red de producciones metabólicas que produce una membrana que hace posible una red de producciones. Esta circularidad es una autoproducción única del sistema vivo. El término autopoiésis designa esta organización viva.  Otra de las especificidades es que la interacción de la identidad autopoiética sucede no sólo a través de su estructura, sino que fundamentalmente como unidad organizada, como identidad autoproducida. Esto permite la constitución de significados, inaugurando con ello el fenómeno interpretativo en el planeta. Por último, es necesario resaltar que otra de las especificidades de la autopoiésis es que ella hace posible la evolución a través de series reproductivas con variación estructural, pero con conservación de identidad.

La vida es un fenómeno sistémico con dinámica autopoiética molecular. Esto significa según los biólogos Maturana y Varela que la determinación de los distintos aspectos en la operacionalización de los seres vivos son definidos por el conjunto de los componentes y no por elementos individuales, porque las características que los sistemas vivos van adquiriendo en su vivir se producen en la dinámica de su autopoiésis, mientras realizan las relaciones que lo definen como sistemas autopoiéticos. La factibilidad de los sistemas autopoiéticos está relacionada con las condiciones que pueden permitir que se  concatenen procesos químicos, formando así unidades topológicas con redes propias en dichos espacios autopoiéticos.

            Los sistemas vivos autopoiéticos –de acuerdo a Maturana y Varela- se producen a sí mismos, se levantan por sus propios medios, constituyéndose como algo diferente a su medio por su propia dinámica, crean desde sí mismo su propia organización a través de la producción de los propios elementos que lo componen.  La autopoiésis surge siempre y cuando en un sistema molecular las relaciones de producción se encuentren concatenadas de tal manera, según los autores que analizamos,  que producen componentes que hacen del sistema una unidad que genera continuamente su carácter unitario que lo definen como unidad topológica, y dichas relaciones se mantiene constante a través de la producción de los componentes que forman dicho sistema. La propiedad autopoiética de un ser vivo consiste en que se trata de unidades organizadas como sistemas que generan  sus propios procesos de producción de componentes y relaciones entre ellos a través de sus continuas interacciones y transformaciones, constituyéndose de esta manera como unidad topológica en un espacio físico determinado. Las dimensiones del espacio (que definen además, en última instancia, el límite) de un sistema autopoiético son las relaciones de producción de los componentes que lo constituyen.

El origen de un sistema vivo autopoiético esta definido por las condiciones que deben cumplirse para la localización del espacio autopoiético, es decir, qué relaciones deben satisfacer los componentes moleculares para generar una unidad de esas características en dicho espacio. La unidad del sistema autopoiético, entonces, está determinada porque las relaciones de producción tienen una forma de concatenarse de tal manera –señalan Maturana y Varela-, que producen los suficientes elementos que hacen del sistema una unidad que genera permanentemente su carácter unitario. No son los componentes lo que definen la autopoiésis de un sistema, sino las relaciones de éstos, los procesos en que entran. Estos procesos concatenados no sólo producen los componentes que constituyen un sistema de esas características, sino que lo especifican además como una determinada unidad.[16]

De acuerdo a Maturana y Varela[17], los sistemas autopoiéticos poseen tres tipos de relaciones, que son las formas en que estas relaciones de producción se materializan en un sistema. En primer lugar se encuentran sus relaciones de especificidad, las cuales determinan que los componentes producidos sean justamente aquellos componentes definidos por su participación en la autopoiésis, es decir aquellos que definen al sistema como autopoiético. Estas relaciones determinan la identidad (propiedades) de los componentes de una organización, y por ello, su factibilidad material. Al mismo tiempo, estas relaciones de producción que definen a los sistemas autopoiéticos deben ser constantemente regenerados por los nuevos elementos que permanentemente producen,

En segundo lugar  en los sistemas autopoiéticos se encuentran las relaciones de orden que determinan las concatenaciones de los componentes, estableciendo los procesos que aseguran que la organización sea autopoiética. Este tipo de organización sistémica es definida por esta concatenación particular de procesos de producción de componentes y no por los componentes mismos o sus relaciones estáticas.

En tercer lugar hay que tener presente que los sistemas vivos autopoiéticos tienen existencia topológica en el espacio físico donde existen como unidades interactuando, y es así como son encontrados por los observadores. Este tipo de organización se transforma en una unidad topológica cuando se materializa en un sistema autopoiético concreto conservando su identidad mientras el sistema vivo siga siendo autopoiético. Estas relaciones que constituyen la topología de una unidad se denominan relaciones constitutivas de los sistemas autopoiéticos y determinan sus límites físicos. La  producción de las  relaciones constitutivas de los sistemas vivos se realiza a través de la producción de los componentes que mantienen esas relaciones. El conjunto de estas relaciones determinan la dinámica de la organización, permitiendo la realización efectiva, la materialización tanto de las relaciones constitutivas, de especificidad así como las de orden.

Ambos autores señalan en la obra aludida que los sistemas autopoiéticos son autónomos, subordinando sus cambios a la mantención de su identidad y de su propia organización autopoiética, al margen de la profundidad de las perturbaciones y de las transformaciones que puedan sufrir. En sus interacciones con otros sistemas, estas organizaciones mantienen invariante su identidad, que no depende, de acuerdo a estos autores, de esas interacciones. Estas organizaciones son perturbadas desde el exterior y gatillan cambios internos que compensan la perturbación. Pero quién define los cambios son las organizaciones, no las anomalías que provienen del exterior. Son ellas las que determinan qué alteraciones pueden sufrir conservando su identidad. Si las compensaciones que debe ofrecer a las perturbaciones alteran la autopoiésis e identidad de la organización, ésta se desintegra por pérdida precisamente de su autopoiésis. En otras palabras, son unidades que se transforman en sus procesos de entropías internas gatillados –y sólo gatillados- por el entorno con sus anomalías y perturbaciones, pero los cambios que se especifican dentro de ellas  son  seleccionados por la organización en función de su mantención como tal. La conservación de la identidad define el dominio de deformaciones que el sistema puede compensar, provocando una secuencia de cambios en el sistema pero manteniendo constante su organización.

Por último la autopoiésis es un dominio cerrado de relaciones especificados y que lo es con respecto a la organización que ellos componen. Porque sólo un sistema vivo de estas características, clausurado en sí mismo podrá constituirse como un conjunto de operaciones específicas, como un proceso de constitución de su propia identidad entendida como cualidad unitaria, un tipo de coherencia emergente, un tipo de organización. Pero no lo es en el sentido que queda encerrado en sí mismo sin reaccionar a lo externo, encapsulada. No es el cierre operacional en el sentido de encierro o aislamiento de la interacción con respecto a su entorno. Por el contrario, este cierre es condición de la apertura del sistema, para que desarrolle su propio dominio de interacciones.  Este dominio cerrado de relaciones especificados no debe ser entendido como si los sistemas vivos fueran cerrados o clausurados a toda influencia exterior, porque  lo son solamente con respecto a la organización que ellos componen.

Toda organización viva es autorreferencial y en ese sentido son sistemas abiertos. La autopoiésis surge en un sistema cuando esta organización tiene como característica la posibilidad de cierta interacción, porque es en esa interacción autorreferencial donde se producen las relaciones que energetizan el sistema. Luhmann[18] sostiene que un sistema autorreferencial es aquel que tiene al mismo tiempo la capacidad de establecer relaciones consigo mismo, diferenciar estas relaciones de las relaciones con su entorno, constituyendo además en sí misma la diferencia respecto a su entorno,  pero incluyéndolo. La autorreferencia hace al sistema autopoiético incluir en sí mismo el concepto de entorno, y existe cuando el sistema autopoiético se enfrenta con un entorno estructurado de una manera determinado.

Lo anterior es así porque los sistemas vivos se orientan de manera estructural y no ocasional hacia su entorno, en acoplamiento estructural con él, no pudiendo existir sin ese entorno. El sistema vivo autopoiético debe diferenciarse de su entorno, pero al mismo tiempo se mantiene vinculado a él, porque emerge desde él pero se debe a sí mismo. Entre sistema y entorno hay un límite y éste mantiene el sistema, porque la diferencia es la premisa fundamental del sentido autorrefencial de un sistema autopoiético.[19]


[1] Engels, Federico. “Anti-Düring” 1877.
[2] El  movimiento, según el autor al cual nos referimos, consiste en que el desplazamiento de lugar de los cuerpos sólo puede realizarse gracias al hecho de que un cuerpo esté al mismo tiempo, en el mismo instante, en un lugar y en otro, gracias al hecho de estar y no estar al mismo tiempo en el mismo sitio. Y el surgimiento continuo y la simultánea solución de esta contradicción, de acuerdo a Engels, es precisamente lo que constituye el movimiento. El movimiento es la manera de ser de la materias: nunca ni en ningún lugar, hubo ni puede haber materia sin movimiento. El reposo, el equilibrio, nunca es más que relativo, y jamás tiene sentido más que con relación a tal o cual forma  determinada de movimiento. Resulta de esto que el movimiento, lo mismo que la materia, no puede ser creado ni destruido: la cantidad de movimiento es siempre constante.
[3] Egels define a la química como la ciencia de los cambios cualitativos de los cuerpos como consecuencia de los cambios operados en su composición cuantitativa.
[4] Engels, Federico. “Anti-Düring”. 1877
[5] La teoría del materialismo dialéctico de Marx plantea que en la naturaleza, y de un modo claramente establecido para cada caso singular, los cambios cualitativos sólo pueden producirse mediante la adición o sustracción cuantitativas de materia o de movimiento. Los cambios de forma de moviento son siempre un fenómeno que se efectúa entre dos cuerpos por lo menos, uno de los cuales pierde determinada cantidad de movimiento mientras que otro lo recibe. La relación entre cualidad y cantidad es recíproca: la cualidad se transforma en cantidad y viciversa, porque es una acción mutua.
[6] Aquí asumimos la idea hegeliana de proceso en el sentido de que todo el universo de la naturaleza, de la historia y del espíritu lo describe como un proceso; es decir, como lanzado en un movimiento constante, en perpetuo cambio, transformación y evolución. T es necesario tener presente la idea de Heráclito de que todo es y no es al mismo tiempo, porque todo corre, está en constante metamorfosis,  vía de devenir constante y de desaparición. Engels señala además que la naturaleza tiene su proceso histórico en el tiempo; las plantas, como las especies vivas que los habitan, si las condiciones externas son favorables, nacen y desaparecen.
[7] Darwin,
[8] Michurin, Iván Vladimirovich
[9] Aquí entendemos el concepto metafísica en el sentido que lo define Engels en su “Anti-During”, donde señala que para el metafísico las cosas y  los conceptos, son objetos de estudio aislados, que se consideran uno tras de otro y sin el otro, fijos, rígidos, dados de una vez para siempre. Su pensamiento está formado de antítesis sin intermediarios. Dice si, si, no, no, y todo lo que está por encima de esto es malo. Para él, de dos cosas una: un objeto existe o no; una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y otra; positivo y negativo se excluyen absolutamente; la causa y el efecto se oponen igualmente en una contradicción radical. La metafísica deviene exclusivo, limitado, abstracto, se extravía en antinomias insolubles, porque olvida al considerar los objetos particulares sus relaciones; olvida por su ser su devenir y desaparición; por su reposo, su movimiento; porque a la fuerza de ver los árboles no ve el bosque.
[10] Timiriasev, Climent Arkadievick. “ El método histórico en biología”.
[11] Lamarck, Jean-Baptiste. “Filosofía zoológica” 1809.
[12] Prigogine, Ilya. “El nacimiento del tiempo”. 1988.
[13] Maturana, Humberto y Varela, Francisco. “De Máquinas y Seres Vivos. Autopoiesis: la organización de lo vivo”. 1997.
[14] Idem, pág. 14-15.
[15] Ver Maturana, Humberto y Varela, Francisco. “De Máquinas y Seres Vivos. Autopoiésis: la organización de lo vivo”. Págs. 45-6. 1997.

[16] Maturana, Humberto y Varela, Francisco. “De Máquinas y Seres Vivos. Autopoiesis: la organización de lo vivo”. 1997.
[17] Maturana, Humberto y Varela, Francisco. “De Máquinas y Seres Vivos. Autopoiesis: la organización de lo vivo”. 1997.

[18] Luhmann, Niklas. “Sociedad y Sistema: la ambición de la teoría” 1990.
[19] Maturana, H. y Varela, F. “El Arbol del Conocimiento”. 1984

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